QUIÉN ES SOBERANO DE LA HISTORIA DE UNAS ISLAS: ¿JAPÓN O CHINA?

Mapa: el Reino de Ryukyu, China (Dinastía  Qing  y Japón (Era Tokugawa) por el cartógrafo japonés Hayashi. (1783/1785)

Mapa: el Reino de Ryukyu, China (Dinastía Qing y Japón (Era Tokugawa) por el cartógrafo japonés Hayashi. (1783/1785)

*Este artículo fue publicado en la Revista Foreign Affairs Latinoamerica Ñ, en su sección de contenidos en línea en noviembre de 2012.

Por Monserrat Loyde* @lamonse

El tema de la soberanía de las Islas Senkaku/Diaoyu entre Japón y China vuelve a los titulares una vez que el primer ministro japonés anuncia su nacionalización en septiembre pasado, y el presidente chino protesta por dicha acción enviando barcos a patrullar la zona.

El gobierno de Tokio emitió una serie de comunicados desde el Ministerio de Exteriores para señalar su posición frente al reclamo de China. Recuerda que “desde 1895 el conjunto de las islas fueron incorporadas oficialmente al territorio de Japón una vez que se comprobó que ni estaban habitadas, ni tampoco bajo el control de la Dinastía Ching, amparándose en la ley internacional de ocupación terra nullis”. También en un repaso histórico, señala que las “islas no eran parte ni de Formosa (hoy Taiwan), ni tampoco de las Islas Pescadores, ambas cedidas a Japón tras la Guerra Sino-Japonesa con la firma del Tratado de Shimonoseki, por lo que tampoco le fueron quitadas o puestas bajo jurisdicción del Ejercito de Ocupación de las Fuerzas Aliadas una vez firmado el Tratado de Paz de San Francisco en 1951”.

Para Japón estas islas nunca estuvieron en disputa puesto que siempre han sido parte de su territorio desde que decidió “incluirlas” en la nueva prefectura de Okinawa cuando el gobierno de Meiji desintegró los clanes feudales y reorganizó las regiones bajo la administración de la nueva capital, Tokio.

Sin embargo, para el gobierno pekinés las islas son parte de Taiwan y por lo tanto le pertenecen. También en su página oficial hace un recuento histórico y justifica su postura arguyendo “que fueron ocupadas por tropas japonesas en 1879 cuando pertenecían al Reino de las Islas Ryukyu y anexadas posteriormente a Japón junto con los territorios de Okinawa”. Añade, contrariamente a la postura de Tokio, que “una vez perdida la guerra con Japón (1894-95), las islas eran parte del Tratado de Shimonoseki; al ser abolido en 1945, tras la derrota japonesa, volvieron a la soberanía china junto con Taiwan y otros territorios devueltos”.

Pero el reclamo en la arena internacional de China junto con Taiwan comenzó en 1972 cuando se firmó el Tratado de Reversión de Okinawa, con el que el gobierno de Nixon devuelve las islas de Okinawa, incluidas las de Senkaku/Diaoyu, al gobierno japonés. Según Pekín, hay una violación a los tratados internacionales porque Tokio hizo con Washington “un acuerdo privado para incluir a estas islas en los territorios devueltos a Japón”.

La mayoría de las opiniones de analistas y de periodistas se han centrado en un posible desequilibrio de la paz en la región. Se justifican las conjeturas cuando se habla de que China quiere afianzar su poder no sólo económico y político, también militar, y al mismo tiempo se muestran las imágenes por televisión de cómo tripulaciones con bandera china se aproximan a las islas en una muestra de desafío no solo a Japón sino a la región entera.

Antes de sumarse a las conclusiones que puede acarrear una imagen televisada vale la pena desempolvar los archivos de la historia para entender mejor la disputa y mirar con una óptica histórica, las acciones y las respuestas de cada uno, en un contexto que responde en estos momentos a la política interna China.

Hace 100 años (1912) cayó la última dinastía china, la de los Manchú, como resultado de una serie de acontecimientos que lo llevaron, primero, a ceder territorios a las potencias occidentales y a sus vecinos; y segundo, a guerras civiles que terminaron por fulminarla. Mientras tanto, el Japón Imperial, cuyo poder militar en Asia crecía, mostraba a las potencias occidentales que los frutos de la era Meiji con el lema de “la civilización y la ilustración” para abrazar la modernidad iban en la misma dirección que en occidente: hacia la expansión colonial.

Años más atrás, en la Restauración Meiji, en ese contexto de colonialismo, de acoso internacional y de humillación por las clausulas de extraterritorialidad, Japón comienza por añadir islas del norte y del sur a su territorio, temiendo una invasión una vez conocidas las consecuencias de las Guerras del Opio. El gobierno establece en 1879 la prefectura de las Islas de Okinawa bajo la administración central de Tokio. Hasta ese entonces el conjunto de las islas pertenecientes al Reino de Ryukyu (donde se encuentran las Islas Senkaku/Diaoyu), pagaban un tributo al clan feudal de Satsuma, (hoy la prefectura de Kagoshima al sur de Japón), a cambio del respeto a su autonomía desde que fueron conquistadas en 1611.

A fines del siglo XIX, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Holanda, Alemania y Rusia, además de contar con fuerzas armadas terrestres y navales, tenían colonias. Japón carecía de todo eso. De ahí que naciera otra consigna: Fukoku Kyohei, “un país rico, un ejército fuerte” que lanzaría a Japón a las guerras en ultramar para competir y contener el acoso de las potencias extranjeras.

Antes de que el gobierno de Meiji entrara en la guerra con China en 1894-95 y con Rusia en 1904-05 (de las que para el azoro del mundo sale triunfante y con nuevos territorios, Taiwan y Corea), se tiende a olvidar que su primer ejercicio militar fue la Expedición a Taiwan en 1874, a propósito de que años atrás media centena de japoneses habían sido atacados por habitantes de la isla. En ese entonces Japón pidió una compensación a la ya debilitada Dinastía Ching, que le fue negada con el argumento de que eran habitantes que pagaban tributo pero que no estaba bajo su jurisdicción. Esta respuesta, para muchos historiadores, da pie a que Japón años más tarde incorpore a la prefectura de Okinawa las Islas de Ryukyu que ya pagaban un tributo desde el siglo XVII.

A grandes rasgos, Tokio y Pekín en algún momento argumentaron que las Islas del antiguo Reino de Ryukyu no tenían dueño y que solo eran tributarias por lo que el primero las incluyó en su territorio y el segundo siempre las reclamó. China acusa a Japón de anexarlas con el Tratado de Shimonoseki, Japón niega su inclusión en el mismo.

Lo cierto es que China rompe de nuevo el silencio cuando internamente pasa por momentos de sucesión. Y en un gobierno donde el cambio de poder necesita legitimarse al no existir el voto de los ciudadanos, la distracción nacionalista contra un enemigo histórico alimenta la propaganda ya conocida. Misma estrategia que utiliza Corea de Norte frente a Japón o Corea del Sur.

El primer ministro japonés, Yoshihiko Noda al anunciar la nacionalización, sabiendo de antemano que en la historia sino-japonesa, China ha sido la agraviada, abrió la puerta para que Pekín se sirva del discurso de la provocación a nivel doméstico mientras las aguas de la sucesión se calman.

Las consecuencias hasta ahora entre ambos gobiernos han mermado las relaciones de muchos de los negocios japoneses en China con los boicots promovidos. China no pierde nada porque en tiempos de sucesión se simula y se alimenta la chispa nacionalista. Y mientras tanto mantiene a la comunidad internacional pendiente de una imagen televisada que escamotea los orígenes de la historia.

Es clásica la cita anónima “la historia la escriben los vencedores” pero también se puede reescribir, parafraseando a Oscar Wilde. Y la decisión la tienen China y Japón que realzan una versión distinta de la historia cada vez que sirve a intereses de política interna.

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