LA PENA DE MUERTE EN JAPÓN

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Pena Capital. Dibujo de la época Tokugawa.

*Artículo originalmente publicado para Animal Político el 10 de febrero de 2014.

En Japón, al igual que en Estados Unidos y China —las tres economías más grandes del mundo—, se aplica la pena de muerte. Sólo en 2013 se ejecutó a 8 condenados y 130 están en espera de ser ahorcados, según los informes del Ministerio de Justicia de Japón.

La horca es el único método permitido para ajusticiar a un condenado a muerte desde 1879, cuando se creó el primer código penal “moderno” como parte de las reformas a fines del siglo XIX. En ese código (adoptando en varios aspectos el modelo francés y reemplazando casi por completo el chino), por primera vez se eliminan las formas crueles y medievales de condena que persistieron durante la época feudal: decapitados, quemados vivos –en el caso de provocar un incendio–, hervidos en agua, desmembrados, crucificados, orden de suicidio, entre las principales.

En 1947, tras la derrota y la ocupación americana, Japón adopta una nueva constitución y también un nuevo Código Penal (Keihô), vigente a la fecha con mínimas reformas. El apartado sobre el castigo con la pena de muerte se mantuvo intacto salvo en los artículos referentes al Emperador y su familia, que fueron abolidos.

La pena de muerte se aplica a 17 delitos considerados como más graves: homicidio, robo que cause la muerte, robo con violación que cause la muerte, incendio provocado en edificios residenciales o que contengan gente, ser el cabecilla de un motín, incitación a la guerra exterior o asistencia al enemigo y otros delitos que causen la muerte de la víctima. Pero en la práctica la mayoría de los condenados han sido por casos de homicidio múltiple y robo con homicidio.

El ministro de justicia tiene la última palabra en todos los casos de pena capital una vez que firma y coloca su sello en la orden de ejecución. La ley establece que ésta debe realizarse dentro de los seis meses posteriores a la sentencia pero en la práctica, como en muchos países que la aplican, no es así. Por ejemplo, está el caso (denunciado por Amnistía Internacional en 2013) de un anciano japonés de 80 años condenado a muerte que lleva más de 40 años en espera de su ejecución.

Hay en todo Japón sólo siete centros donde están recluidos los condenados a muerte. Permanecen aislados, con visitas muy limitadas de familiares y abogados y en compañía de un guardia. Japón ejerce “el principio de reserva” en la pena capital, es decir, la fecha de la ejecución se mantiene en absoluto secreto y a los presos se les notifica su muerte el mismo día en que van a ser ahorcados, lo mismo a sus familiares. Esta es una de las prácticas que ha sido severamente criticada por quienes están contra la pena de muerte dentro y fuera de Japón. La prensa no tiene acceso y solo los guardias están presentes. Desde 1998 el Ministerio de Justicia comenzó a informar públicamente los nombres y los delitos de los condenados, pero solo después de su ejecución.

Prácticamente el gobierno no hace declaraciones sobre el tema. Sin embargo, históricamente el Partido Liberal Democrático, que ha estado en el poder casi sin interrupción desde 1955, la ha apoyado. Y aunque el Partido Democrático de Japón se ha sumado a las voces de abolición, no ha sido suficiente su postura, ni mucho menos consistente, pues incluso se realizaron ejecuciones en el corto periodo que estuvo en el poder. En 2012 bajo el mandato de Yoshihiki Noda se ejecutó a 7 condenados.

Resulta interesante señalar que el gobierno japonés realiza sondeos de opinión pública sobre la pena de muerte desde 1956 y cada cinco años desde 1989, a través de la Oficina del Gabinete. Los resultados son públicos. En la primera encuesta, el apoyo fue de 65 por ciento frente a 18 por ciento en contra. A la fecha han aplicado 9 encuestas, en todas la opinión a favor ha crecido y nunca ha estado abajo del 50 por ciento. El apoyo más bajo, 57 por ciento, fue en la encuesta de 1975.

Estos sondeos han sido uno de los argumentos para mantenerla, según declaraciones de legisladores, de jueces, de abogados, de especialistas y de ministros cada vez que se lee un cuestionamiento en la prensa o se registra alguna protesta de los activistas pro-abolicionistas, nacionales o internacionales.

La última encuesta registrada es de diciembre de 2009, con el Partido Democrático en el poder. Participaron 100 personas, 45 hombres y 55 mujeres, entre 20 y 80 años. A la pregunta “¿con cuál de las siguientes opiniones sobre la pena de muerte está de acuerdo?” 1. La pena de muerte debe abolirse bajo todas los casos: el 5.7 por ciento estuvo de acuerdo. 2. La pena de muerte es inevitable en ciertos casos: el 85.6 por ciento respondió que sí. 3. No supo: el 8.6 por ciento.

Pero llaman la atención otras respuestas. Por ejemplo, sobre “si ha asistido a algún juicio o desea asistir”: el 87.1 respondió que no. A la pregunta “en caso de abolirse la pena de muerte, debe de ser inmediatamente o gradualmente”: el 63.1 por ciento dijo que gradualmente, y el 35.1 por ciento que inmediatamente. Al cuestionamiento sobre “si opina que serios crímenes aumentarían si la pena de muerte es abolida”: el 62.3 por ciento afirmó que incrementarían, el 9.6 por ciento que no y el 28 por ciento no supo.

También vale la pena señalar cuáles son las razones de quienes están a favor o en contra. “La pena de muerte es inevitable”. 1. Quienes han cometido serios crímenes deben compensarlo dando su vida: 53.2 por ciento opinó así.  2. La pena de muerte es necesaria teniendo en cuenta el sufrimiento de las víctimas: 54.1 por ciento lo apoyó. 3. Abolir la pena de muerte incrementaría los crímenes serios: 51.5 lo afirmó. 4. Quienes han cometido un crimen pueden repetir similares si se les mantiene vivos: 41.7 por ciento lo aseguró.

“Apoyan la abolición de la pena de muerte”. 1. Matar a un ser humano es inhumano y salvaje, incluso si esta es una pena legal: 30.6 opinó así. 2. A pesar del Estado, no se puede justificar matar a un ser humano: 42.3 por ciento lo señaló. 3. Un error judicial no puede revertirse después de una ejecución: 43.2 por cierto opinó. 4. Incluso quien ha cometido un serio crimen puede ser rehabilitado: 18.9 por cierto lo pensó. 5. Los crímenes graves no se incrementarían si la pena de muerte es abolida: 29.7 por cierto lo afirmó. 6. Los delincuentes deben mantenerse vivos para pagar por sus crímenes: el 55.9 lo apoyó.

Japón se mantiene como una de las naciones más seguras del mundo. La tasa de homicidios en 2012, según informes de Naciones Unidas, fue de O.4 por ciento, (506 por cada 100 mil habitantes), frente a 4.7 por ciento en Estados Unidos (14,612 por cada 100 mil habitantes) y 1 por ciento en China (13,410 por cada 100 mil habitantes).

A principios de enero de 2014, la Agencia Nacional de Policía publicó su informe en el que se registra 1 millón 320 mil 748 delitos cometidos, entre los cuales 939 corresponden a homicidios o intentos de homicidio en 2013. (El gobierno suma por igual asesinatos e intentos de asesinato). Señaló que se registraron 8.8 por ciento menos homicidios que el año anterior y que fue la primera vez que este delito cayó por debajo del número 1000 desde la posguerra. Pero a pesar del bajo índice de homicidios, el tema de la pena de muerte y su abolición no parece estar en la agenda del gobierno ni tampoco en las demandas de la sociedad.

La Federación Japonesa de Asociaciones de Abogados, que es una de las organizaciones más activas en pedir un debate nacional para abolir la pena de muerte, exige, incluso directamente al Partido Liberal Democrático, que cesen las ejecuciones y se informe a la sociedad sobre la pena de muerte. Pero a pesar de apoyarse en las resoluciones de Naciones Unidas, el gobierno japonés se ha mantenido al margen de una discusión nacional. El actual primer ministro, Shinzo Abe, declaró que es un tema absolutamente doméstico.

Los activistas internacionales y nacionales como Amnistía Internacional, Federación Internacional de Derechos Humanos, The Death Penalty Project, Centre for Prisioners’ Rights Japan, entre otros, que piden la abolición de la pena de muerte en Japón, denuncian en sus informes que las encuestas no reflejan el sentimiento de toda la sociedad y que no son suficiente para mantener la pena de muerte, pues son sondeos que salen de las mismas oficinas del gobierno y carecen de asesoramiento externo e imparcial.

Otro argumento que utilizan los activistas es la violación a los derechos humanos con la horca como método de ejecución, pues aseguran que contraviene el artículo 36 constitucional que a la letra dice: “la práctica de la tortura por parte de un funcionario público y los castigos crueles están absolutamente prohibidos”.

La horca, afirman, no provoca la muerte inmediata y los médicos certifican que transcurren por lo menos 15 minutos antes de que quede completamente inconsciente el ejecutado. Es decir, para los activistas “se inflige un sufrimiento innecesario”. Pero la Suprema Corte, desde 1961, reiteró que la horca como método de ejecución “no constituía un castigo cruel e inusual y tampoco contravenía la Constitución”.

A pesar del entusiasmo y trabajo de los activistas contra la pena de muerte en Japón, no parece haber una respuesta ciudadana que apoye la abolición. El sentir de una sociedad que se caracteriza por cumplir las reglas es el de castigar a quienes han cometido sobre todo graves crímenes. Hay muchos casos en los que los familiares de las víctimas piden la pena de muerte, como el que cubrió mucho la prensa entre 2007 y 2008, en el que una mujer en Nagoya juntó más de 300,000 firmas para pedir la pena capital a los asesinos de su hijo. E incluso los padres de dos de los asesinos se sumaron a la petición ante la Corte.

Parece lejano el debate nacional sobre la pena de muerte y estéril su abolición cuando también, por ejemplo, entre los condenados aún no ejecutados, se encuentra el líder de la secta que atacó con gas sarín el metro de Tokio en 1995, donde murieron 13 personas y cerca de 5,500 resultaron heridas. El líder es uno de los 130 que esperan ser ejecutados. Fue sentenciado en 2004 y la ejecución que se esperaba en 2012 fue pospuesta al ser arrestados otros miembros de su secta.

Si volvemos a los números del sondeo gubernamental de 1994, antes del ataque con gas sarín en el metro, 74 por ciento apoya la pena de muerte frente a 14 por ciento que no. 5 años después, en la encuesta de 1999, 79 por ciento la avala y 9 por ciento no. Y si se revisan las declaraciones, documentadas en la prensa, de varios de los familiares de las víctimas que han asistido a los juicios contra el líder y demás miembros de la secta, se confirma que lo que esperan es su muerte inmediata.

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¿DOS BLOQUES DE ASIA EN DOS AMÉRICA LATINA?

 

Ruta de la Nao de China.

Ruta de la Nao de China.

 

*Artículo escrito y publicado para El Universal en su sección de Opinión el 4 de agosto de 2014.

 

 

 

En estos días estuvieron en varios países latinoamericanos los dos mandatarios de la segunda y la tercera economías más grandes del mundo.

Con una semana de diferencia, el presidente chino, Xi Jinping, y el primer ministro japonés, Shinzo Abe, anuncian la firma de numerosos acuerdos importantes de cooperación económica, financiera, comercial y técnica, para refrendar y relanzar las relaciones bilaterales.

Para Xi Jinping fue la segunda visita oficial a América Latina. En 2013 estuvo en México, Costa Rica y Trinidad y Tobago y ahora en Cuba, Venezuela, Argentina y Brasil, éste último por la reunión de los BRIC’s donde también tuvo encuentros bilaterales.

La primera visita de Shinzo Abe a la región es también la primera de un mandatario japonés a Chile en 18 años, a México y a Brasil en 10 años y la primera sin más a los países caribeños de Colombia y Trinidad y Tobago.

Según comunicados del gobierno chino se firmaron 150 convenios. Una tercera parte sólo con Brasil, pues China es su principal socio comercial y destino de exportaciones. Una veintena más acordó con Venezuela y Argentina en temas energéticos y financieros. Apoyará a Cuba para modernizar áreas turísticas en beneficio de la nueva clase viajera china. Con Brasil y Perú anunció su interés por construir una vía férrea para comunicar las costas del Atlántico con las del Pacífico.

El gobierno japonés también dejó y se llevó firmados poco más de una decena de acuerdos con México, y se espera que haga lo mismo con los demás vecinos latinos. Su misión también es la de obtener los votos de apoyo en el Consejo de Seguridad de la ONU que cambiará en 2015 la rotación de los miembros no permanentes, entre los que Japón espera contarse.

China intenta traspasar la relación bilateral comercial y económica para posicionarse en la zona recurriendo a la diplomacia del “poder suave” al proponer el 2016 como el “Año de Intercambios Culturales” con toda la región latinoamericana. Sin duda, la cultura siempre es un as que acerca y seduce a los pueblos.

Como potencia económica cuenta con los recursos para lanzar cualquier misión con sus socios latinoamericanos, muchos de éstos, aliados en bloque y enfrentados políticamente con Washington. Aunque el pragmatismo chino busca sobre todo hacer negocios, la visita no deja de tener un guiño político y simbólicamente ideológico con Castro, Maduro y Kirchner.

Mientras en el escenario de América Latina suceden encuentros, acuerdos y proyectos de alto nivel y largo aliento con los mandatarios orientales, las relaciones entre éstas dos potencias vecinas son cada vez más distantes.

Pekín y Tokio están en un impasse político y diplomático que provoca vaivenes en la estabilidad de Asia oriental y donde la sombra de Washington navega en su papel estratégico de “garante de la seguridad”.

Xi Jinping dijo a su paso por Sudamérica que la cooperación con Moscú es “verdadera en palabras y resuelta en acciones”, y que su relación con Nueva Delhi es de “socios estratégicos y no de rivales”. Vale la pena recordar que los gobernantes chino y japonés no han tenido ningún contacto oficial y no oficial desde 2012 tras la disputa territorial por los islotes Senkaku/Diaoyu. La oportunidad se ha dado en distintos foros pero se ha evitado.

La intromisión estadounidense y las políticas de seguridad tanto de Pekín como de Tokio, vaticinan una posible medición de fuerza militar regional entre China y Estados Unidos, un tanto exagerada pero con un desenlace incierto.

Recuperar Japón” es el slogan del gobierno de Shinzo Abe desde la campaña que los regresó a él y a su partido, el Liberal Democrático, al poder. Aprovechando que tiene mayoría en las dos cámaras, ha emprendido en menos de dos años cambios que no se veían desde la época de Koizumi en los rubros monetarios, económicos, sociales y de seguridad nacional.

Reactivar la economía con las medidas conocidas como “Abenomics” y transformar la estrategia de seguridad nacional, son los dos objetivos que se trazó. Lo primero le gano simpatía y apoyo en distintos foros económicos nacionales y extranjeros a pesar de que una de esas medidas fue subir los impuestos. Lo segundo, le ha traído un esperado rechazo dentro y severas críticas por parte de Seúl y Pekín, que lo ven como una afrenta.

China abrió bases militares en el Océano Índico y este año creó unilateralmente una zona de defensa aérea en el Mar del Este de China que incluyen las islas en disputa con Japón y otras que reclama Filipinas. Ha retado a Vietnam colocando en sus aguas marítimas plataformas petroleras.

Shinzo Abe trabaja por rediseñar toda la estrategia de seguridad nacional, casi intacta desde hace más de 60 años, para que las Fuerzas de Autodefensa tengan la capacidad “limitada” (asegura) de participar en el exterior no solo en misiones de paz de la ONU, sino que apoyen acciones de defensa colectiva en el marco de la Alianza de Seguridad con Washington.

El tema es espinoso aunque el objetivo es legítimo para Japón, único país que constitucionalmente no puede responder en su defensa individual y menos colectiva sin el apoyo de Washington y su veintena de bases militares estacionadas en el archipiélago.

En la práctica las Autodefensas niponas están atadas al no poder actuar solas. El cambio en la Constitución requiere de una enmienda y un debate largo y difícil de ganar en un país que abandera el pacifismo desde las tragedias de las bombas atómicas y que en consecuencia renuncia a la guerra, a tener un ejercito y a usar armas.

Pero el ejército lo tiene (con otro nombre) y las armas también. No es casual que por primera vez en 11 años el presupuesto de defensa haya aumentado. A Washington no le sirve que su principal aliado en la Asia no pueda actuar en la práctica.

En este contexto, el primero de julio, el mandatario nipón logró apoyo en la Dieta para crear leyes que reinterpreten la prohibición constitucional y ejercer el derecho a la defensa colectiva.

Días después de este histórico cambio, Abe emprendió una gira al extranjero en la zona del pacífico, a países como Australia y de la región latinoamericana trabajando en el tema económico y comercial pero repitiendo en cada foro su deseo de pasar de un “pacifismo pasivo” a uno “proactivo” en la arena internacional.

Aunque promete que los cambios en la seguridad nacional no serán para ir a ninguna guerra, en la Dieta en Tokio se añaden iniciativas que incluyen soporte logístico y permiso para que las Autodefensas lleven armas en caso de un ataque contra Japón y en acciones de cooperación con Estados Unidos en la zona, una acción también vedada constitucionalmente.

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¿JAPÓN REINTERPRETA O RENUNCIA A SU “PACIFISMO”?

Takashi Murakami’s work. “And then, and then and then and then and then, Red”.

 

 

*Artículo publicado en CNN México en su sección de opinión en línea el 25 de julio de 2014.

 

 

 

 

Recientemente, Japón volvió a las noticias internacionales por el anuncio del primer ministro Shinzo Abe de la resolución de “reinterpretar el artículo noveno constitucional para ejercer el derecho a la autodefensa colectiva”.

Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales”.

Con el objeto de llevar a cabo el deseo expresado en el párrafo precedente, no se mantendrán en lo sucesivo fuerzas de tierra, mar o aire como tampoco otro potencial bélico. El derecho de beligerancia del Estado no será reconocido.

Los dos párrafos anteriores son la redacción del artículo noveno de la Constitución japonesa referente al capítulo II sobre la renuncia a la guerra plasmado en su carta magna (vigente desde 1947). El artículo ha merecido el respeto unánime de la comunidad internacional y de su pueblo que vivió los horrores de la Guerra del Pacífico y dos bombas atómicas en su territorio.

Sin embargo, el artículo, rodeado de controversias, debates y sobre todo de ideología dentro de las distintas fuerzas políticas japonesas, paradójicamente en las últimas décadas ha sido la manzana de la discordia entre Japón y su principal aliado político, económico y militar, Estados Unidos, que en otro tiempo fue el artífice de su redacción y de su imposición.

El objetivo principal de los vencedores en la Segunda Guerra Mundial fue extinguir en Europa el cáncer del fascismo y del nazismo en su versión italiana y alemana, pero también enterrar el militarismo japonés en Asia. El imperio japonés invadió parte de China, la península de Corea y el resto del sudeste asiático hasta llegar a las costas de Australia con el pretexto de salvarlos de la invasión occidental.

Con la derrota de Japón en 1945, la ocupación estadounidense buscó su democratización, al rediseñar una moderna Constitución, pero también procuró bloquear cualquier futuro intento militar en la zona. Desde Japón se conjuraría la estrategia en la región del Pacífico para vencer ideológicamente al enemigo soviético, y muy pronto, al chino.

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FESTEJOS POR LA SOBERANÍA DE JAPÓN

 

“Bandera” de Yukinori Yanagi.

*Artículo publicado en la Revista Foreign Affairs Latinoamerica Ñ, en su sección de contenidos en línea en mayo de 2013.

por Monserrat Loyde

El pasado 28 de abril se cumplieron 61 años de que entró en vigor el Tratado de Paz de San Francisco con el que se puso fin a la ocupación en Japón, por cerca de siete años, de las Fuerzas Aliadas al mando de Estados Unidos. En la historia contemporánea japonesa es el día en que se recupera la soberanía nacional tras la derrota y la rendición en la Segunda Guerra Mundial.

Para celebrarlo, en Tokio hubo una ceremonia peculiar organizada por el gobierno a la que, además del primer ministro Shinzo Abe y representantes legislativos, asistió la pareja imperial.

En la prensa circuló la nota sobre el encuentro bautizado como “el día de la recuperación de la soberanía”. La foto que acompañaba a la nota era una que se tomó cuando se despedían los asistentes de la pareja imperial. Todos, incluyendo el primer ministro, tenían el gesto de llevar las manos hacia arriba mientras la pareja imperial hacía la reverencia de despedida.

Esa seña con las manos suelen hacerla todos los japoneses cuando exclaman la palabra ¡banzai! para demostrar contento, es el equivalente a un “bravo”. Pero también lleva otra connotación. Proviene de la frase “Tenno Heika Banzai” que significa “larga vida al Emperador”. “Banzai”, de origen chino, se utilizaba en China, Corea y Japón para dirigirse a sus respectivos emperadores desde tiempos antiguos. Sin embargo, durante la Guerra del Pacífico se asociaba con los soldados japoneses que la vociferaban antes de iniciar un ataque, muchas veces suicida, en nombre justamente del emperador Hirohito.

La ceremonia no llamaría la atención si una humareda de retórica nacionalista no tiznara el ambiente por parte de ciertos sectores que rodean al gobierno del Partido Liberal desde que retomó el poder el pasado diciembre. Ni tampoco si las elecciones intermedias para renovar la cámara alta no fueran el próximo julio. Mucho menos si las tensiones con los vecinos de la periferia no se hubieran intensificado tanto en los últimos meses.

Pero sobre todo si Shinzo Abe no estuviera buscando consensos para uno de sus objetivos más ambiciosos, que pueden marcar el futuro político e internacional de Japón: una revisión a la Constitución para, entre otras cosas, permitir que Japón pueda ser finalmente autónomo en la defensa contra la amenaza a su territorio.

Días antes de esta conmemoración, tanto Pekín como Seúl sumaron a las ya recurrentes disputas territoriales, la desaprobación oficial de la visita, una semana antes, de algunos de los miembros del gabinete de Abe y de 168 legisladores, en su mayoría del partido oficial, al Santuario Yasukuni para ofrecer sus respetos a los soldados que ahí reposan, en ocasión de la ceremonia anual de primavera.

Para China y la Península de Corea, principalmente, este santuario es un símbolo del pasado militarista japonés que los sometió toda la primera mitad del siglo XX. Ahí descansan cerca de 2 millones y medio de soldados que sirvieron a la causa de la expansión imperial en Asia, entre ellos los militares de altos rangos calificados como criminales de guerra. El lugar, además de que comparte terreno con el Museo de Guerra, es visitado regularmente por grupos de ultra-nacionalistas durante todo el año.

Sin embargo, mientras el gobierno de Abe celebraba un año más la recuperación de la soberanía de Japón, al sur, en la isla de Okinawa, el festejo y las memorias es distinto para muchos. El Tratado de San Francisco en la historia y en la gente de Okinawa marca el inicio de su separación de Japón al quedar bajo la administración de Estados Unidos. Hoy en día muchos de sus habitantes lo continúan llamando “el día de la humillación”. A pesar de que en 1972 Okinawa fue devuelta, las bases estadounidenses se mantienen en distintos puntos de la Isla, lo que ha sido un tema de reclamo para cada gobierno central desde entonces.

Ninguno de estos problemas, dilemas y retórica son nuevos en el Japón contemporáneo. Pero sí la forma en que cada gobierno y primer ministro responde y quiere dibujar su mandato. Era costumbre, para descontento de China y de Corea del Sur, que miembros del gabinete e incluso los primeros ministros de Japón visitaran el Santuario Yasukuni anualmente, hasta que terminó el mandato de Koizumi en 2008.

Desde entonces se deducía que la no visita era un gesto que ayudaba a no tensar las rencillas históricas entre los grupos también nacionalistas que existen en cada uno de sus vecinos en Asia. Shinzo Abe no asistió a la ceremonia anual pero en cambio envió un ramo de flores, a su nombre, en momentos de clara tensión en la zona.

El gesto no pasó inadvertido. Como protesta, el nuevo ministro de exteriores de Corea del Sur canceló su viaje y el que sería su primer acercamiento a su contraparte japonés. Pekín secundó el descontento de Seúl, hecho que resta voluntad al deseo de resolver el conflicto sobre el reclamo de las Islas Senkaku/Diaoyus.

El gobierno de Shinzo Abe trae una lista de reformas extremas, la económica y monetaria se ha calificado con buenos ojos, incluso fuera de Japón. Pero políticamente, y llevado por la coyuntura, da la impresión de que trae un mensaje contradictorio al consentir que ciertos miembros de su gabinete y su partido recurran a la viciada retórica nacionalista que mantiene empañadas las relaciones con China y Corea del Sur desde hace varios años por el tema del pasado militarista japonés.

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CRÓNICA: PRIMERAS Y RECIENTES VISTAS DESDE JAPÓN

Billete del Japón Imperial con la imagen del Santuario Yasukuni.

Billete del Japón Imperial con la imagen del Santuario Yasukuni.

*Esta crónica fue publicada en la Revista ISTOR, en su edición de invierno número 51 dedicada a Japón página 167-177.

Por  Monserrat Loyde

En estos días en que se conmemoraron los 60 años del fin de la ocupación de las Fuerzas Aliadas en Japón, visito Tokio, ciudad que habité durante cinco años. Caminando por Roppongi, distrito cuyo origen está ligado a la posguerra por haber sido uno de los barrios donde se congregaron las legaciones extranjeras, y el primero consignado como zona de entretenimiento para extranjeros (en ese entonces las Fuerzas Aliadas del Ejército de Ocupación Estadounidense), me encuentro con una exposición de fotografía en el Fujifilm Square que se titula The Face of Showa Japan (El rostro del Japón Showa).

Showa, que significa “paz ilustrada”, es paradójicamente el nombre de una época llena de turbulencias. Se inicia en los últimos días de 1926 y en ella ocurren la expansión militar japonesa en Asia, el nacionalismo imperial japonés, la confrontación con Estados Unidos y sus aliados, la derrota tras el lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el inicio y fin de la ocupación norteamericana, los precarios años de la posguerra, las movilizaciones sociales, el milagro económico, el surgimiento de la burbuja financiera a mediados de los ochenta, y la muerte del emperador más controvertido en la historia moderna de Japón, Hirohito.

La exposición está formada por imágenes en blanco y negro que fueron publicadas en distintos periódicos y revistas importantes de la época por ocho fotógrafos: Ihei Kimura, Ken Domon, Hiroshi Hamaya, Tadahiko Hayashi, Kioshi Sonobe, Shigeichi Nagano, Takeyoshi Tanuma y Keisuke Kumakiri. Todos ellos retrataron durante esos años de desorden, de batallas, de escasez y de reconstrucción, no sólo a personajes famosos de la cultura, del espectáculo, de la política y de los deportes, sino también a gente común y de distintas edades, en escenas de la vida cotidiana, la mayoría conmovedoras. La narrativa de la serie de fotos elegidas captura un sentimiento con matices a veces llenos de oscuridad y de derrota apabullante, pero otros más de luz y de renacimiento en una sociedad que se levantó sobre las cenizas de la desgracia y la desolación, frutos del fanatismo militar de sus gobernantes, y de los bombardeos de un ejército extranjero y victorioso a lo ancho y largo de la capital japonesa.

La primera foto que llama mi atención —aunque no la primera en el orden de la curaduría— es la de una gigantesca Torii plantada sobre lo alto de una cuesta de arena muy ancha. Inmediatamente reconozco la Torii, esa especie de puerta hueca erigida en cada santuario sintoísta para marcar el inicio del recorrido hacia el altar donde se venera a los kamis (dioses); es, sin lugar a dudas, la que se encuentra en el santuario de Yasukuni.

Me acerco a la foto para confirmar lo que ya sé: la imagen es de Ihei Kimura, uno de los más importantes fotógrafos documentales de Japón. Fue tomada en el otoño de 1945, dos meses después de la rendición japonesa. Lo peculiar de la imagen no es lo descomunal de la puerta hueca, ni los árboles famélicos enfilados a su espalda, tampoco la estatua erigida que se ve a lo lejos y que queda casi al centro de la Torii como si la enmarcara a propósito. Lo singular es la reverencia de 90 grados que hacen dos mujeres y un hombre al pie de la cuesta, y el letrero en inglés a su derecha. En una corta pero contundente frase en letras capitales se lee: off limits to all allied personnel and vehicles (Límites para todo el personal de las (fuerzas) aliadas y vehículos).

Y entonces recuerdo mi primer encuentro con ese santuario. Tenía exactamente dos semanas de haber llegado a Tokio. Eran los primeros días festivos de mayo de 2002. Salí con Aurelio a pasear en bicicleta para conocer los alrededores del nuevo barrio. En Tokio descubrí lo fácil que era andar en bicicleta; hacía que uno quisiera seguir más allá y perderse sin pensar en el tiempo y en el mapa entre sus callejuelas, la mayoría sinuosas, angostas y circulares, pero ordenadas.

Avistamos una cuesta flanqueada por enormes y hermosos árboles de ginkgo perfectamente alineados, esos árboles que son de un sólo linaje y no pertenecen a otras familias, salvo a dos ya extintas, y que son fósiles vivos. Emprendimos la cuesta, pero a media subida bajé de la bicicleta y seguí el camino andando. Aurelio, en cambio, tomó vuelo y se adelantó. Lo vi alejarse sobre un camino muy largo y cruzar dos enormes estructuras de metal bronceado que daban la impresión de ser entradas, separadas una de la otra por cerca de 200 metros de distancia, hasta que lo perdí de vista en una gigantesca puerta de madera con tres entradas. Las puertas eran las llamadas Sanmon, que al verlas traen a la memoria la primera escena de torrencial lluvia que aparece en Rashomon, la película de Akira Kurosawa.

Cuando me acerqué a la segunda estructura de metal me percaté de que un anciano se dirigía hacia mí, gesticulando, levantando un brazo con movimientos bruscos. De pronto lo tenía frente a mí y desperté de la confusión de señas que lanzaba. En mi cara y sin dejarme avanzar vociferaba “guetauto”, “guetauto”, “guetauto”. La violencia de la escena me hizo recular e intentar entender lo que decía, pero él continuaba con su cantaleta. Finalmente entendí: me estaba diciendo que me fuera, que saliera de ahí: “guetauto” era get out en un acento japanglish o waseigo, como llaman en Japón a las palabras japonesas que se forman a partir de palabras inglesas. Temerosa por mi nulo japonés para defenderme y sin saber qué hacer, salí con la bicicleta, sintiéndome naturalmente humillada, a esperar en una calle cercana a que Aurelio saliera.

El sitio, no lo sabía, era el santuario de Yasukuni, un espacio sagrado para venerar a los espíritus de los soldados japoneses caídos en las guerras por defender la causa imperial. La verdad es que antes de encontrarnos con las enormes puertas de madera, desde que emprendimos la larga cuesta, creímos que era un parque. Tal vez lo que más molestó al anciano que me increpó fue que entráramos con bicicleta y con nulas maneras de respeto, pero no teníamos idea de dónde estábamos parados. Cabe mencionar que en ese entonces ya no había ninguna clase de letrero en inglés, como el de la foto tomada por Ihei Kimura, que anunciara qué lugar era y cómo debía uno entrar.

Días después, un amigo japonés al que le conté la experiencia me habló sobre el lugar y los nacionalistas que suelen rondar el santuario en camionetas negras adornadas con banderas marciales del sol naciente, y soltando desde sus altas bocinas consignas y música de la época de las guerras imperiales. También me habló de ciudadanos simpatizantes con la causa nacionalista que se pasean por ahí y creen que todo extranjero que se acerca es norteamericano, y que en ocasiones puede pasar lo que me sucedió. Me explicó que si volvía a sucederme, aclarara en seguida que no era norteamericana, sino mexicana. No sé si la aclaración hubiera servido de algo ante un furibundo nacionalista. Regresé incontables veces, la primera un poco temerosa, pero nunca más me volvió a suceder algo parecido.

***

Con la restauración Meiji, el emperador, que hasta entonces estaba recluido en su palacio en Kioto, destinado en la corte para interpretar el papel de garante de la cultura y las tradiciones japonesas, se traslada por primera vez a la renombrada capital: Tokio (antes Edo), una vez que el gobierno ya no está en manos del Shogún. En esos mismos años, a unos pocos kilómetros del palacio imperial y como parte de la nueva tarea de consolidar un Estado-religión que privilegiara el culto al emperador, se construye un santuario para recordar a los hombres que murieron por la causa imperial en la “guerra civil Boshin” (la batalla que provocó el ocaso del ancient régime en poder del Shogún y sus fieles samurais). Al sitio se le dio el nombre de Yasukuni, que literalmente significa “nación pacífica”.

En su origen tenía el fin de venerar a los héroes caídos durante los turbulentos acontecimientos de la restauración Meiji. Posteriormente sirvió de sostén para consolidar y fortalecer el discurso de la unión nacional como base de la fuerza militar que necesitaba el Japón imperial en su misión para colonizar Asia y mostrar su poder a las potencias extranjeras que rondaban la zona. Tras el primer conflicto con la ya precaria dinastía Qing a propósito de una expedición japonesa a unas islas cercanas a Formosa en 1874, donde murieron miembros de su flota naval, se comenzó a honrar, en el mismo santuario, a todo soldado abatido por la causa imperial.

El santuario, que a la fecha causa revuelo entre quienes en otro tiempo eran los enemigos declarados del Japón imperial, concretamente China y Corea, le rinde culto a los espíritus de más de dos millones 460 mil combatientes, incluyendo a los clasificados como criminales de guerra. Pero uno no termina de entender ese culto y la reverencia que hacen sus fieles o simples paseantes frente al complejo sagrado hasta que visita, a su costado, el Museo Yushukan (Museo Militar), de estilo neorromano, construido en 1882 y diseñado por un arquitecto italiano.

El recorrido se abre con la cita de un texto clásico chino: “Cuando un caballero se establece, debe elegir cuidadosamente a sus vecinos. Cuando un caballero se involucra en las relaciones sociales, debe buscar la compañía del erudito” (La exhortación al estudio). Así el museo alberga artículos, notas sobre las vicisitudes y sentimientos de los héroes de guerras civiles y extranjeras; ilustra los acontecimientos de la guerra y su relación con la doctrina del culto al emperador para defender el imperio del Sol Naciente. Y como toda historiografía, la de la historia registrada en las quince salas cuenta una versión particular: la versión de las guerras en obediencia al mandato imperial.

La narrativa del museo comienza con una sala dedicada al espíritu samurai y culmina con una larga serie de fotografías de los soldados caídos durante la Guerra del Pacífico o Gran Guerra del Este de Asia, según la ideología que así la nombra. El recorrido por las salas da cuenta de todos y cada uno de los acontecimientos históricos que dieron forma al Japón imperial y colonial durante la primera parte del siglo XX, incluida la sala dedicada a los logros y preceptos de la familia imperial que moldearían el espíritu de sus súbditos.

En la primera sala, titulada “El espíritu japonés”, hay sólo una caja de cristal en el centro, que contiene dos sables que fueron usados para proteger el palacio imperial en la época Heian. En el muro del fondo de la caja está grabada una línea circular que forma un sol puro y cristalino. A la caja la flanquean cuatro poemas más escritos en telas largas colgadas en cada esquina de la sala, los poemas escritos por príncipes o eruditos que lucharon en batallas son alusivos a la veneración y a la fidelidad por el emperador y Japón.

¿Por el soberano y el mundo salvaría mi vida, cuando sacrificarse por ellos es tan digno?”. Príncipe Munenaga.

¿Qué es el Espíritu de Yamato de estas Islas? Es como los cerezos que florecen en el sol de la mañana”. Motoori Norinaga.

Las vidas dolorosas de quienes se preocupaban por su país, se esforzaban más y más protegiendo la Tierra de Yamato”. Mitsui Koshi.

Moriremos en el mar, moriremos en la montaña, de cualquier manera, moriremos al lado del Emperador, nunca retrocederemos”. Otomo no Yakamochi.

La segunda sala, titulada “Los pilares de nuestra nación”, muestra de manera sumamente breve, con catorce dibujos, a notables personajes de la historia antigua y moderna rodeados de toda clase de indumentaria, de flechas y de espadas. Llama la atención la ficha sobre la emperatriz Jingu (siglo III), porque enfatiza escuetamente que fue una gran promotora de la expansión en ultramar, que en ese entonces era hacia Corea.

Están también las fichas y dibujos de los tres grandes unificadores de Japón, los líderes guerreros Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi y el shogun Tokugawa Ieyasu, resaltando en uno de ellos sus conquistas y expediciones, también en Corea. La sala es muy pequeña pero resalta una cosa más: dos ataques de los Mongoles sobre Japón en la era Kamakura (siglo XIII) que repelió Hojo Tokimune ayudado por un tifón que nombraron kamikaze, literalmente “viento divino”. El mismo nombre que adoptarían los “aviones suicidas” en la Guerra del Pacífico.

A partir de la sala tres se devela el leitmotiv que acompañará al Japón imperial desde la restauración Meiji: la amenaza del exterior a partir de la llegada de los “barcos negros” al mando de comodoro Perry (el mismo que durante la intervención de Estados Unidos en México llegó hasta puertos del estado de Tabasco) y que obligó a dejar el aislamiento y la relativa paz que durante cerca de 200 años mantuvieron los shogunes. De esta manera, las subsecuentes salas toman forma a partir de la real amenaza que va encarnando la invasión de las potencias occidentales sobre Japón y toda Asia, y el llamado imperial de su liberación.

En el mismo museo se pueden ver dos grabados japoneses con los retratos del comodoro Perry. En uno aparece dibujado con una prominente nariz y ojos rojos demoniacos. Lo peculiar de la nariz es que es idéntica a la de un Tengu, personaje que aparece en las historias de mitos populares y que representa a un demonio nocivo que presagia la guerra. En otro grabado está dibujado con la clásica camisa de cuello militar pero con un detalle curioso: el cuello tiene diseños chinos. Los grabados, que en su mayoría retrataban actores del teatro kabuki, geishas, paisajes y barrios históricos, leyendas heroicas o pasajes literarios, ahora también servían como propaganda antiextranjera. Un eslogan de la época era “Respeto al emperador, expulsión de los bárbaros”.

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Desde que llegaron los “barcos negros” a las costas de Japón, la sensación de la amenaza del extranjero entra en el subconsciente colectivo de muchos japoneses. Se hacen conscientes de la diferencia entre lo extranjero y lo nativo, una diferencia que naturalmente hacen todas las culturas y que en Japón perdura hasta la fecha. Aunque la propaganda antiextranjera fue fuertemente censurada desde la Ocupación Aliada y ya no es más un tema que predomine en Japón, durante mucho tiempo estuvo pendiente el estatus de miles de chinos y coreanos; primero, obligados a vivir en Japón por la política de inmigración colonial, y segundo, repatriados como “huérfanos o esposas de guerra” a Japón tras restablecerse las relaciones diplomáticas con Corea y China.

Naoki Inose, escritor y político japonés, dice en sus crónicas de guerra entre Japón y Estados Unidos, The Century of The Black Ships, que “las circunstancias producen el estado de la mente en el que el enemigo de una nación es también un enemigo personal, que predomina cuando el sistema lo permite, al final, en cierto grado, los súbditos participan en política por iniciativa propia”. La presión extranjera sobre Japón desde finales del siglo XIX provoca irremediablemente el temor de una invasión dentro de su pequeño y frágil territorio rodeado de agua; su necesidad de expandirse en ultramar no sólo pretende mostrar su poder frente al enemigo, sino también evitar que entre en casa.

En uno de los mapas exhibidos en el Museo Yushukan se puede ver cómo, durante el periodo de ofensiva de la Guerra del Pacífico, las fuerzas imperiales japonesas iban ganando terreno al grado de acercarse a Australia. Ya era su colonia toda la península de Corea, pero durante la guerra ocuparon la península de Malasia, la isla de Guam, Hong Kong, Singapur, Java, Sumatra, las islas Filipinas, Indonesia, hasta llegar a las Islas Salomón, cerca de Australia. La guerra pasó a la etapa defensiva que lo acercó poco a poco a la derrota cuando perdió Okinawa y la isla Iwo Jima y comienzan los bombardeos en su territorio, reduciéndolo a escombros y cenizas.

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Japón hoy es una democracia plena que hasta hace dos años ocupaba el segundo lugar en el mundo como potencia económica. Ha adoptado muchas cosas de occidente, preservando sus tradiciones y su cultura; en parte, porque su población es fundamentalmente homogénea y, en parte, por el estricto control migratorio que ha diseñado y mantenido. Desde finales de la década de los sesenta, en plena consolidación económica, la inmigración, no sólo de Asia, llegó para quedarse temporal o definitivamente. En la década de los ochenta, en plena burbuja financiera, experimentó el mayor flujo de extranjeros en toda su historia y, por primera vez, cambió su política migratoria, inalterada desde la ocupación estadounidense.

Aunque en Japón la población extranjera representa sólo cerca de 2 por ciento de un total de 120 millones, lo cierto es que es un país que no parece haberse acostumbrado a los extranjeros. Su condición geográfica de isla lo vuelve una especie de molusco dentro de su concha. Edwin O. Reischauer, embajador de Estados Unidos en Japón en la década de los sesenta y fundador de los estudios sobre Japón en la Universidad de Harvard, señala acertadamente en su libro The Japanese Today: Change and Continuity que lo que define a la nación japonesa es la idea sobre “uchi” y “soto”: dentro y fuera. “Una persona es por raza, lenguaje, cultura y nación completamente japonés o no es japonés del todo”.

Japón es de los pocos países en el mundo que otorga la nacionalidad bajo el principio jurídico de jus sanguinis (derecho de sangre) y no de jus soil (derecho de tierra). Justamente, su identidad ha sido moldeada alrededor de la idea de misma sangre, misma raza, mismo lenguaje y remarcando la diferencia entre lo de adentro y lo de fuera que, dicho sea de paso, contribuyó al esfuerzo político absolutamente deliberado de crear el mito de una nación pura que, a finales del siglo XIX y principios del XX, alimentó el naciente nacionalismo con las consecuencias ya conocidas.

Hans Magnus Enzensberger, en su extraordinario ensayo “La gran migración”, escribe:

Cualquier migración desencadena conflictos, independientemente de la causa que la haya originado, de la intención que la mueva, de su carácter voluntario o involuntario, o de las dimensiones que pueda adoptar. Tanto el egoísmo de grupo como la xenofobia son constantes antropológicas previas a cualquier justificación, cuya difusión universal permite pensar que fueron anteriores a cualquier otra forma social conocida. Para frenar dichas constantes, para evitar continuos baños de sangre, para posibilitar un grado mínimo de intercambio y circulación entre clanes, tribus y etnias, las sociedades antiguas inventaron los tabúes y los ritos de la hospitalidad”.1

(1. Hans Magnus Enzensberger, La gran migración. Treinta y tres acotaciones, Anagrama, España, 1992, p. 17).

El incidente de mi primera visita al santuario de Yasukuni no me hizo caer en el cliché de que los japoneses son racistas o de que discriminan al extranjero. En general, en estos diez años viviendo en Japón no he tenido motivos personales para declararlo, ya sea por mi nacionalidad o por mi evidente condición de extranjera. Sin embargo, puedo asegurar que la mayoría de los japoneses no se acostumbra a ver que los extranjeros no sean sólo turistas o empleados con contratos de trabajo limitado. Así que irremediablemente se hace uno consciente de que es diferente a los ojos del japonés, sobre todo siendo un extranjero occidental.

Muchos extranjeros que viven en Japón podrán confirmar que al interactuar por primera vez con un nativo se crea la sensación de que ellos piensan que en cualquier momento uno se irá, que no se quedará, y entonces su profunda y a veces exagerada hospitalidad cobra más sentido, como en el pasaje citado de Hans Magnus.

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El 15 de agosto de 1945, tras los dos bombardeos nucleares sobre la población civil en Hiroshima y Nagasaki, el Japón imperial se rindió y aceptó los términos de la Declaración de Potsdam. Ese mismo día, por primera vez, los japoneses escucharon por radio la voz del emperador Hirohito dando el mensaje del fin de la guerra. Meses atrás la radio no sólo emitía crónicas de triunfo y liberación en territorios del Pacífico asiático; también cada noche, desde 1933, tras la invasión a Manchuria, transmitía en vivo la ceremonia Shokonshiki, “la bienvenida de las almas”, la ceremonia de registro de los soldados muertos en el santuario de Yasukuni, para dar fortaleza al espíritu de los que quedaban en la lucha.

Japón tiene que abrazar la derrota y convivir durante seis largos años con la ocupación de los aliados al mando del comandante supremo, el general Douglas MacArthur. Por primera vez en toda la historia de Japón la amenaza extranjera estaba en casa y al mando. Pero la figura del emperador, que se tornó humana, permitió que el trance no fuera mortal.

La capital, como el resto del país, era un montón de escombros y cenizas. “Los rostros del Japón Showa” que retratan los fotógrafos como Takahiko Hayashi, de mujeres y niños caminando entusiastas por el anuncio de una batalla ganada con banderas del sol naciente, ya no se observan. Tampoco los rostros de Ken Domon de japoneses en uniforme militar cruzando las calles entre mujeres ataviadas con ropa de campesinas (la vestimenta que debían usar todas durante la guerra). Ni aquellas imágenes de Hiroshi Himaya de mujeres en hermosos kimonos paseando por el barrio de Ginza o en ropa a la moda europea en el Ballroom Florida en Asakusa, un salón de baile donde se daban cita actores y bailarines al ritmo del boom del jazz.

Ahora los rostros son de mujeres y hombres que, alineados en espera de una ración de arroz, pisan escombros, mientras los soldados del ejercito aliado son inconfundibles en las calles. Takeyoshi Tanuma retrata niños, seguramente huérfanos, esparcidos y aislados del resto de la gente en el parque de Ueno. Los mismos rostros de niños que aparecen en las escenas de la primera película de Yasujiro Ozu grabada después de la guerra, en 1947. La historia de un señor de la vecindad, es una película poéticamente cruel y a la vez tierna, donde Ozu revela en los personajes de un niño huérfano y una anciana el egoísmo y la indiferencia de una sociedad abatida por la guerra, que tiene que sobrevivir por sí misma entre la miseria y las inmundicias que quedaron.

Ian Buruma, en el libro Inventing Japan, cuenta que cuando MacArthur salió de Japón tras ser removido por el presidente Truman, los periódicos agradecieron al comandante de las Fuerzas Aliadas por enseñar al pueblo de Japón “los méritos del pacifismo y la democracia”. Incluso el emperador Hirohito agradeció, al otrora enemigo, todo lo que había hecho por Japón, y fue despedido por niños, mujeres y hombres alineados con pequeñas banderas en su camino hacia Haneda, el aeropuerto.

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El fin de la ocupación llegó y los japoneses se encaminaron a dejar atrás los horrores de la guerra con trabajo y dedicación característicos de su cultura, para sacar a Japón de la miseria. Lo lograron en diez años: los Juegos Olímpicos son la tarjeta de presentación para estar de nuevo en la competencia, esta vez económica, entre los grandes. Los rostros que retrata Shigeichi Nagano son de hombres y mujeres que se uniforman, pero ahora para asistir a las fábricas de coches y de aparatos electrónicos en trenes o coches particulares. Se ha iniciado el llamado Izanagui boom. Izanagui, que en la mitología japonesa es una deidad asociada con el mito del nacimiento de Japón, invocó su renacimiento.

Japón es una sociedad conservadora; los dos partidos políticos que la han gobernado también lo son. Parte de abrazar la derrota frente a los poderes aliados fue aceptar una constitución que lo coloca como un país democrático, pacifista y sin ejército. Pero el temor a invocar los fantasmas del pasado, a despertarlo en ciertos grupos nacionalistas, que son pocos pero existen, a esos espíritus de los héroes a los que se venera por haber defendido su imperio, hace a los gobernantes japoneses vacilar y no tomar postura en temas pendientes con los vecinos que una vez colonizó y atacó violentamente, Corea y China, dejando que las emociones nacionalistas que imperan en esos países se cuelen y dirijan el camino del diálogo y la estabilidad de la región.

Kioto, septiembre de 2012 

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QUIÉN ES SOBERANO DE LA HISTORIA DE UNAS ISLAS: ¿JAPÓN O CHINA?

Mapa: el Reino de Ryukyu, China (Dinastía  Qing  y Japón (Era Tokugawa) por el cartógrafo japonés Hayashi. (1783/1785)

Mapa: el Reino de Ryukyu, China (Dinastía Qing y Japón (Era Tokugawa) por el cartógrafo japonés Hayashi. (1783/1785)

*Este artículo fue publicado en la Revista Foreign Affairs Latinoamerica Ñ, en su sección de contenidos en línea en noviembre de 2012.

Por Monserrat Loyde* @lamonse

El tema de la soberanía de las Islas Senkaku/Diaoyu entre Japón y China vuelve a los titulares una vez que el primer ministro japonés anuncia su nacionalización en septiembre pasado, y el presidente chino protesta por dicha acción enviando barcos a patrullar la zona.

El gobierno de Tokio emitió una serie de comunicados desde el Ministerio de Exteriores para señalar su posición frente al reclamo de China. Recuerda que “desde 1895 el conjunto de las islas fueron incorporadas oficialmente al territorio de Japón una vez que se comprobó que ni estaban habitadas, ni tampoco bajo el control de la Dinastía Ching, amparándose en la ley internacional de ocupación terra nullis”. También en un repaso histórico, señala que las “islas no eran parte ni de Formosa (hoy Taiwan), ni tampoco de las Islas Pescadores, ambas cedidas a Japón tras la Guerra Sino-Japonesa con la firma del Tratado de Shimonoseki, por lo que tampoco le fueron quitadas o puestas bajo jurisdicción del Ejercito de Ocupación de las Fuerzas Aliadas una vez firmado el Tratado de Paz de San Francisco en 1951”.

Para Japón estas islas nunca estuvieron en disputa puesto que siempre han sido parte de su territorio desde que decidió “incluirlas” en la nueva prefectura de Okinawa cuando el gobierno de Meiji desintegró los clanes feudales y reorganizó las regiones bajo la administración de la nueva capital, Tokio.

Sin embargo, para el gobierno pekinés las islas son parte de Taiwan y por lo tanto le pertenecen. También en su página oficial hace un recuento histórico y justifica su postura arguyendo “que fueron ocupadas por tropas japonesas en 1879 cuando pertenecían al Reino de las Islas Ryukyu y anexadas posteriormente a Japón junto con los territorios de Okinawa”. Añade, contrariamente a la postura de Tokio, que “una vez perdida la guerra con Japón (1894-95), las islas eran parte del Tratado de Shimonoseki; al ser abolido en 1945, tras la derrota japonesa, volvieron a la soberanía china junto con Taiwan y otros territorios devueltos”.

Pero el reclamo en la arena internacional de China junto con Taiwan comenzó en 1972 cuando se firmó el Tratado de Reversión de Okinawa, con el que el gobierno de Nixon devuelve las islas de Okinawa, incluidas las de Senkaku/Diaoyu, al gobierno japonés. Según Pekín, hay una violación a los tratados internacionales porque Tokio hizo con Washington “un acuerdo privado para incluir a estas islas en los territorios devueltos a Japón”.

La mayoría de las opiniones de analistas y de periodistas se han centrado en un posible desequilibrio de la paz en la región. Se justifican las conjeturas cuando se habla de que China quiere afianzar su poder no sólo económico y político, también militar, y al mismo tiempo se muestran las imágenes por televisión de cómo tripulaciones con bandera china se aproximan a las islas en una muestra de desafío no solo a Japón sino a la región entera.

Antes de sumarse a las conclusiones que puede acarrear una imagen televisada vale la pena desempolvar los archivos de la historia para entender mejor la disputa y mirar con una óptica histórica, las acciones y las respuestas de cada uno, en un contexto que responde en estos momentos a la política interna China.

Hace 100 años (1912) cayó la última dinastía china, la de los Manchú, como resultado de una serie de acontecimientos que lo llevaron, primero, a ceder territorios a las potencias occidentales y a sus vecinos; y segundo, a guerras civiles que terminaron por fulminarla. Mientras tanto, el Japón Imperial, cuyo poder militar en Asia crecía, mostraba a las potencias occidentales que los frutos de la era Meiji con el lema de “la civilización y la ilustración” para abrazar la modernidad iban en la misma dirección que en occidente: hacia la expansión colonial.

Años más atrás, en la Restauración Meiji, en ese contexto de colonialismo, de acoso internacional y de humillación por las clausulas de extraterritorialidad, Japón comienza por añadir islas del norte y del sur a su territorio, temiendo una invasión una vez conocidas las consecuencias de las Guerras del Opio. El gobierno establece en 1879 la prefectura de las Islas de Okinawa bajo la administración central de Tokio. Hasta ese entonces el conjunto de las islas pertenecientes al Reino de Ryukyu (donde se encuentran las Islas Senkaku/Diaoyu), pagaban un tributo al clan feudal de Satsuma, (hoy la prefectura de Kagoshima al sur de Japón), a cambio del respeto a su autonomía desde que fueron conquistadas en 1611.

A fines del siglo XIX, Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Holanda, Alemania y Rusia, además de contar con fuerzas armadas terrestres y navales, tenían colonias. Japón carecía de todo eso. De ahí que naciera otra consigna: Fukoku Kyohei, “un país rico, un ejército fuerte” que lanzaría a Japón a las guerras en ultramar para competir y contener el acoso de las potencias extranjeras.

Antes de que el gobierno de Meiji entrara en la guerra con China en 1894-95 y con Rusia en 1904-05 (de las que para el azoro del mundo sale triunfante y con nuevos territorios, Taiwan y Corea), se tiende a olvidar que su primer ejercicio militar fue la Expedición a Taiwan en 1874, a propósito de que años atrás media centena de japoneses habían sido atacados por habitantes de la isla. En ese entonces Japón pidió una compensación a la ya debilitada Dinastía Ching, que le fue negada con el argumento de que eran habitantes que pagaban tributo pero que no estaba bajo su jurisdicción. Esta respuesta, para muchos historiadores, da pie a que Japón años más tarde incorpore a la prefectura de Okinawa las Islas de Ryukyu que ya pagaban un tributo desde el siglo XVII.

A grandes rasgos, Tokio y Pekín en algún momento argumentaron que las Islas del antiguo Reino de Ryukyu no tenían dueño y que solo eran tributarias por lo que el primero las incluyó en su territorio y el segundo siempre las reclamó. China acusa a Japón de anexarlas con el Tratado de Shimonoseki, Japón niega su inclusión en el mismo.

Lo cierto es que China rompe de nuevo el silencio cuando internamente pasa por momentos de sucesión. Y en un gobierno donde el cambio de poder necesita legitimarse al no existir el voto de los ciudadanos, la distracción nacionalista contra un enemigo histórico alimenta la propaganda ya conocida. Misma estrategia que utiliza Corea de Norte frente a Japón o Corea del Sur.

El primer ministro japonés, Yoshihiko Noda al anunciar la nacionalización, sabiendo de antemano que en la historia sino-japonesa, China ha sido la agraviada, abrió la puerta para que Pekín se sirva del discurso de la provocación a nivel doméstico mientras las aguas de la sucesión se calman.

Las consecuencias hasta ahora entre ambos gobiernos han mermado las relaciones de muchos de los negocios japoneses en China con los boicots promovidos. China no pierde nada porque en tiempos de sucesión se simula y se alimenta la chispa nacionalista. Y mientras tanto mantiene a la comunidad internacional pendiente de una imagen televisada que escamotea los orígenes de la historia.

Es clásica la cita anónima “la historia la escriben los vencedores” pero también se puede reescribir, parafraseando a Oscar Wilde. Y la decisión la tienen China y Japón que realzan una versión distinta de la historia cada vez que sirve a intereses de política interna.

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Veredicto sobre Fukushima: “made in Japan”

VEREDICTO SOBRE FUKUSHIMA: MADE IN JAPAN

Nishiki-e of the Imperial Diet Building
May 1895 (Meiji 28)
Constitutional Government Documents Collection, #1298
National Diet Library

*Este artículo fue publicado en la Revista Foreign Affairs Latinoamerica Ñ, en su sección de contenidos en línea en julio de 2012.

Por Monserrat Loyde

Tras el cataclismo natural que golpeó a Japón el 11 de marzo y el accidente nuclear que lo siguió; conocer las causas de la crisis en Fukushima y sus consecuencias ambientales, se volvieron las dos demandas de la sociedad japonesa y de la comunidad internacional.

Al asumir el cargo el Primer Ministro, Yoshihiko Noda, tras la dimisión de Naoto Kan, enfrentó las mismas demandas e inició un plan para apagar y revisar los reactores de las 50 plantas nucleares, generadoras de la tercera parte de la energía en el archipiélago, prometiendo restablecer solo las que garantizarán los controles de seguridad.

Pero las demandas persisten y grupos desde la sociedad civil han surgido. El 29 de junio pasado ocurrió una gran manifestación, la primera desde los años sesenta, contra las nucleares en el corazón político de Tokio, la Oficina del Primer Ministro, cambiando la idea de que la sociedad japonesa es pasiva en los asuntos políticos para mantener el equilibrio en la comunidad. A pesar de ese inusitado activismo, el jueves 5 de julio se volvió a encender el primer reactor de esos 50 apagados temporalmente.

Ese mismo jueves, concluyó sus trabajos la Comisión de Investigación Independiente del Accidente Nuclear en Fukushima (NAIIC, por sus siglas en inglés), a cargo de Kiyoshi Kurokawa. Una Comisión, que se instaló en diciembre de 2011 en la Dieta Nacional (Congreso), la primera en su tipo en la historia legislativa de Japón.

Cuatro de los seis objetivos encomendados se concentraron en la investigación de las causas directas e indirectas del accidente y su relación con el terremoto y tsunami, los daños ocasionados, el manejo de la emergencia y las decisiones tomadas según las políticas nucleares.

Lo sucedido en Fukushima, sentencia el reporte, “fue causado sin ninguna duda por la mano del hombre” y no solo por el tsunami que provocó el terremoto de 9 grados, la única causa que defendió la Compañía de Energía Eléctrica de Tokio (TEPCO por sus siglas en inglés) y que operaba la planta nuclear durante la crisis. Condena severamente que las causas directas de la crisis “no solo pudieron ser prevista sino que debieron ser evitadas” y enuncia las razones para sostenerlo.

En un esfuerzo por esclarecer lo ocurrido en Fukushima y limpiar la reputación de Japón como un país líder internacional en la prevención de desastres, el reporte responsabiliza al gobierno y a la Oficina del Primer Ministro, a TEPCO, la compañía operadora de la planta y a los reguladores nucleares, en este caso la Agencia de Seguridad Industrial Nuclear (NISA). Los acusa de complicidad por ser jueces y parte en “las endebles medidas de seguridad” y de no vigilar la seguridad de la población aledaña a las plantas por favorecer el uso de la energía nuclear.

El documento da cuenta de las fallas operacionales, de organización, de la precipitación o demora de decisiones, del uso de manuales de manejo de crisis caducos, de la intromisión del entonces Primer Ministro Kan, que no declaró inmediatamente un “estado de emergencia” si no que entorpeció el flujo de información entre los reguladores y las agencias nucleares responsables.

Quizás lo más desolador de todo el informe es el tema de las evacuaciones. Se afirma que solo el 20% de los residentes vecinos de la planta nuclear sabían del accidente cuando se decretó la evacuación de 3 km en la noche del mismo 11 de marzo. Al día siguiente que se amplió a 10 km, la mayoría de los habitantes ya sabían del accidente pero no recibieron la información adecuada al ser evacuados y que por no existir un plan correcto “los evacuados fueron expuestos a radiación innecesaria”.

En un brío de autocrítica a la sociedad japonesa, el reporte concluye que “Japón debe deshacerse de la actitud insular y dejar de ignorar los estándares internacionales”. Admiten que el desastre fue “hecho en Japón” y su materia prima se halla en la cultura japonesa: “nuestra obediencia reflexiva, nuestra renuencia a cuestionar la autoridad, nuestra devoción de apego al programa, nuestro sectarismo y nuestra insularidad”.

Con este panorama desolador para un Japón que ve perdido su liderazgo y confianza en la forma de hacer las cosas, la investigación del desastre en Fukushima despeja las dudas a la comunidad internacional. Queda recobrar la credibilidad de los japoneses sobre el uso seguro de las nucleares que no parece estar fuera de las agendas futuras, a pesar de la intención de usar las renovables.

Aún queda pendiente las segunda demanda: un informe igual de detallado sobre los daños ambientales y en la salud de la población evacuada. Una investigación que no estaba a cargo de esta Comisión pero que debe iniciarse.

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